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La lista. Estar o no estar en la lista es vital. Si estás eres y eres aunque hayas dejado de ser (existir) hace mucho. Es una especie de eternidad. Si te rememoran, si a través de la memoria la eternidad te actualiza y te saca del pozo del olvido, esto te rescata de la muerte segura, del destino común de los no cantados que es la condena al olvido. Ya estamos en pleno auge de la modernidad –no en vano Baudelaire es uno de sus figuras más destacadas, sentadora de muchos de los preceptos que regiran esta nueva era que estaba empezando con su texto fundacional, para muchos, El pintor de la vida moderna- momento en que el individuo, desvinculado, des-sacralizado, cientifista y des-creído empieza su andadura por una tierra sin cielo y es en la tierra y sólo en la tierra donde puede dejar huella. Pero para que su huella permanezca tiene que ser renovada por los hombres, tiene que ser cantada cada nuevo día, para así revivir de las propias cenizas/barro en la que le ha sumido la modernidad. Un barro que, al igual que el del génesis, nos modela y remodela cada día de la tierra-humus-hombre, nos des-entierra, materia inerte que para tener vida hay que exhalarle el hálito que lo anime, no ya de Dios, sino el propio aliento de sus congéneres, hombres mismos que repitiendo su nombre día tras día, hora tras hora, van dando vida al recuerdo. Las nuevas oraciones que actualizan el pacto con la eternidad, son listas de hombres histórico-universales o histórico-artísticos que necesitan de una pléyade de adeptos que mediante liturgias profanas revitalizantes de muertos, conviertan a los muertos en eternos. Hemos cambiado pues la eternidad sagrada del pacto con Dios para la vida eterna y ahora buscamos una eternidad profana, terrena. Lo más importante es plagar el mundo de lápidas que recuerden a los muertos en el más aquí, nuestras monedas para Caronte ya no las llevamos en la boca, se las pagamos a nuestros enterradores directamente y nos aseguramos que perduren escritas en piedra. “No al olvido!” pone en cada una de estas lápidas.
Así esta lista de nombres insignes, de grandes artistas que son el mejor testimonio de nuestra dignidad, lo que hace es vivificarles de nuevo y de la forma clásica, más extendida de vivificación mundana: el verso. Son glosados en una especie de alabanza inmemorial que los re-actualiza y los eterniza, ni tan siquiera por sí mismos –por los méritos de su obra que puede haber quedado hoy casi en el olvido- sino por el mérito del poeta que los glosa. Eterno el poeta, eternos todos. La tripulación estará a salvo mientras el capitán no abandone el barco. Así pues el poeta ejerce de repartidor de bulas papales que aseguran la vida eterna. Todos estos artistas –pintores para más señas, a excepción de Puget- son faros. Son luces de referencia en la noche, en la noche de los tiempos, y se erigen como señales y esperanzas, son los apóstoles modernos que nos aseguran una vida eterna si seguimos sus pasos. Todos queremos ser glosados, pues. Glosados o cantados porqué “si se prescinde de los sacerdotes, los seres humanos no quieren ser como Dios, sino convertirse en la canción de moda” (Sloterdijk, 443). Así es como actualmente los sacerdotes de lo eterno ya no son, como eran entonces los poetas, sino los tenores y los cantantes pop, que cada día con aires renovados nos seducen como a sus oyentes “en la medida en que prometen convincentemente la entrada en escena decisiva del sujeto en el núcleo-canción” (Sloterdijk, 444). Pero cada uno de ellos no es sólo un faro, también son el grito de alerta de mil centinelas: los centinelas alertan, nos dan un aviso previo y nos avisan porque saben antes que nadie lo que pasa: son la vanguardia que nos trae la buena nueva del progreso, o también la mala nueva, que también las hay. Este “poder-ir-delante [quizá sea] el fundamento antropológico del interés de no-artistas por artistas, interés que ha alcanzado su punto álgido en las sociedades modernas y lo ha rebasado en las posmodernas.” (Sloterdijk, 439) Cantar la realidad antes de que sea como tal. Los artistas son visionarios o centinelas. En definitiva son sirenas. Sirenas con la doble acepción antiguo-moderna del término: seres míticos que entonan el canto irresistiblemente seductor de la vida eterna, para llevarnos a la muerte, eterna en cualquier caso; o bien como “las máquinas que aúllan en los tejados de las fábricas o las alarmas que siembran el terror en las ciudades atacadas desde el aire” (Sloterdijk, 451). En cualquier caso conmocionan con su mensaje. La seducción del canto de las sirenas proviene del hecho que no es un canto universal-para-todos, su fuerza irresistible es que se dirige directa y personalmente a lo más hondo de nuestros deseos, por eso calan, por eso son tan efectivos. Exaltan nuestro yo más íntimo: nos convierten en la canción de moda de nosotros mismos. Así los artistas asumen su papel de centinelas-sirenas avanzando un mensaje –sea de peligro o de buena nueva- insertando en el arte una doble temporalidad, asumida a partir de la modernidad y de su idea de progreso. Ellos son la vanguardia o lo serán en pocos años… Esta doble temporalidad remite en que en su tiempo producen el efecto-sirena (se avanzan a, son previos a) pero a la vez ejercen de testigos de otras épocas (son el mejor testimonio). Esta doble temporalidad visionario-predictiva y testimonial-arqueológica se produce sincrónicamente, como no puede ser de otro modo, puesto que se renueva en cada nueva mirada. Para cada nueva mirada entona un canto de sirenas particular que remite a un pasado-pasado y a un futuro-futuro (que siempre está por llegar, a la manera de la buena nueva de los ángeles que anuncian lo que parece que nunca llega, seguramente por eso los sollozos mueren en el borde).
Pero de ir por delante cual centinelas-sirenas que avisan del peligro a ser cazadores-cazados perdidos en la selva sólo distan tres versos. Tal vez el paso de unos a otros lo provoque el carácter renegante de sus protagonistas –los artistas de la lista- al deshacerse en blasfemias, maldiciones y quejas dirigidas, eso si cual cánticos litúrgicos de acción de gracias. Lo más digno de nuestra historia solo tiene quejas y blasfemias que ofrecer al más alto. Acciones de des-gracias. Este ardiente sollozo que rueda por los siglos, acaba muriendo al borde del ser eterno del Señor (en mayúsculas en el original). O sea que estos Te Deum de poco sirven puesto que mueren justo antes de llegar, no se sabe si porque el Señor está muy lejos o porque no escucha estos lamentos. A no ser que el poeta quisiera jugar con el doble sentido (cosa que dudo) entre morir en el borde (au bord, en el original) y morir a bordo (à bord) de vuestro ser eterno. Aunque no se sabe qué es peor, si que mueran porque no han conseguido llegar o porque son ignoradas por su receptor. En cualquier caso aunque nuestro legado sea el más digno no es muy halagüeño: todo son éxtasis, gritos, llantos… si no fuera por los dos nombres que siguen al éxtasis aún nos podría quedar una brizna de esperanza pero, visto lo visto, probablemente este éxtasis –que nos transporta fuera de nosotros- seguramente es fruto más del dolor que del placer –bien es sabido que ambos extremos se tocan no permitiéndonos discernir muy bien dónde empieza uno y dónde termina el otro.
A Rubens se le asignan palabras-naturaleza confortables y amigas (río, aire, cielo, mar) y acciones del mismo talante (pereza, olvido, amar) toda la estrofa es en sí misma como una merienda campestre, holgazana y sensual como los propios cuadros del pintor. No ocurre lo mismo con Leonardo al que parece le ha pillado un mal día de tormenta apocalíptica a la hora de hacer esa misma merienda campestre, una tormenta de esas en las que el cielo es gris oscuro y solamente presagia malos augurios pero a la vez surge un sentimiento de ambivalencia. Exactamente es esa sensación la que uno tiene con una tormenta de verano, no se sabe si el día gris traerá una lluvia refrescante y regará los campos o caerá un rayo fulminante sobre nosotros. En esa ambivalencia se mueve también los personajes que en la estrofa aparecen: ángeles que son a la vez hechiceros pero que lucen una dulce sonrisa. ¿Son los ángeles que traerán buenas nuevas o por el contrario son los ángeles del Apocalipsis? Su sonrisa hace temer que ese sea precisamente su macabro juego, el del desconcierto. Un desconcierto que por otra parte podría ser fruto de un desconocimiento del protocolo cultural por nuestra parte, ya que estos personajes provienen de otros países (sus países) que no son el nuestro, llenos de glaciares y pinos. Si hasta ahora nos situábamos en paisajes bucólico-romántico-naturales con Rembrandt nos adentramos en el ámbito “civilizado” no-natural (triste hospital) Este ambiente está impregnado de religiosidad en sus símbolos más puros (crucifijo y oración). La inquietud de la escena de Leonardo se traspasa a esta escena en forma de rayo, impregnándola de tristeza, murmullos y llanto. Y de la escena de hospital a otra: la de Miguel Ángel impregnada de corporalidad (dedos crispados, Hércules y Cristos). Aquí al ser incierto, el lugar, nos retrotrae a fijarnos en las figuras que lo pueblan, ahora sí, personalizadas en sendos personajes históricos -Hercules y Cristo- que han hecho historia (o eternidad) por la importancia de sus cuerpos, lo mismo que el propio artista –Miguel Ángel-, ha hecho historia por representar de manera pictórica y escultóricamente peculiar los cuerpos. Con Puget nos situamos plenamente en la actualidad, los boxeadores remiten inevitablemente al momento actual. La modernidad no da cobijo a los grandes hombres -esa es una tarea administrada por la eternidad- sino que sólo le es permitido prometer los quince minutos de fama obligatorios por ley universal postwarholiana. Y ahí puede incluirse a cualquier ser de cualquier rango o moral (boxeadores y canallas). Parece que cualquier pasado fue mejor, puesto que el paseo por esta lista de genios-faro –si bien no está por orden cronológico- nos va sumiendo cada vez más en una especie de desazón y sensación desagradable. Con Goya ese mal augurio presagiado con Leonardo se hace carne de la forma menos placentera posible: como vísceras (fetos) que se cocinan en un ceremonial demoníaco (sabbat). Y para rizar el rizo de la maldad, esos ceremoniales consiguen invocar a unos ángeles malos (¿qué es el demonio sino un ángel venido a mal?) que se presentan en la forma de la pincelada sanguinosa de Delacroix. Llegados a este punto es como si ya no hubiera esperanza alguna como si esta última imagen fuera en la que nos quedáramos fijados por los siglos de los siglos. Al final resulta que las noticias que nos traen los centinelas-sirena son de desamparo y desazón. Ese es el presagio de los artistas que nos vienen pintando desde hace siglos y que se va materializando con el tiempo. Lo que empezó, al inicio de los tiempos, como una agradable merienda campestre acaba inevitablemente convertido en un akelarre invocador del mal y en las más agoreras de las expectativas, en donde se oyen las blasfemias, las maldiciones y las quejas, donde se produce el éxtasis (del mal), lanzando cantos litúrgicos de desagravio. Toda esta indignidad, toda esta maldad, todo este amasijo de carne al final es el mejor testimonio que podríamos dar de nuestra dignidad.

Lluís Sabadell i Artiga

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